Son las 2 de la madrugada, has terminado de salir de cenar con unos amigos y tomar algo y estás de camino a tu casa. Vives relativamente cerca de donde habéis quedado, por lo que has decidido ir andando, pero a la vuelta pasas por una calle completamente vacía donde no pasan coches desde hace un buen rato, no hay casas y, aparentemente, nadie que pueda oírte si te pasa algo. Mantienes la calma porque has pasado por ahí miles de veces, pero en esta ocasión ves a lo lejos a alguien que viene en tu dirección. Lleva capucha, las manos en los bolsillos y vestimenta oscura. En ese momento notas una sensación rara en el estómago, las pulsaciones se te aceleran, tus pupilas se han dilatado (aunque no te des cuenta) y tu cuerpo está listo para salir corriendo. ¿Por qué?
No sabemos nada de esa persona, ni quien es, ni por qué viste así, ni qué hace tan tarde a estas horas paseando por esa calle. Sin embargo, nuestro cerebro ya lo ha etiquetado como una amenaza y no podemos hacer nada para evitar sentir esa tensión ni detener todas esas reacciones que se han desencadenado. Esto es un ejemplo de sesgo y gracias a él nuestro cuerpo se ha preparado para, en caso de confirmarse esta amenaza salir corriendo como no pensábamos nunca que seríamos capaces de hacerlo.
Entonces, ¿resulta que los sesgos son buenos? Bueno, sí y no, en este artículo vamos a ver realmente qué son los sesgos, cuál es su función y por qué tenemos que evitarlos en algunos aspectos de nuestra vida.